Ángel Díaz | SELECCIÓN DEL LIBRO 'QUÉ MANERA DE VIVIR TIENE EL OLVIDO'

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YA HE VISTO MUCHAS VECES LA PALABRA CABALLO
pastando en la poesía.
 
¿Pues quién la alimentará?
Porque mantener a un caballo en un poema
debe ser muy caro
y algunos poetas ni mascotas tienen.
 
Supongo que uno se impresiona
con lo majestuoso que se ven cruzando por el poema,
saltando de un olvido a otro,
dejando en la tierra un polvoso nombre
o saliendo a la media noche de entre las tinieblas.
 
A veces me gustaría que las palabras y las cosas
no fueran tan diferentes
y que al dibujar un árbol en una hoja de papel
no se escuchara otro bosque a punto de ser talado.
 
Quizás por eso no pongo caballos en mis poemas
porque los únicos que he visto
van recorriendo los pensamientos
cansados de otros hombres.
 

 
QUIERO SER DIEGO LUNA
porque te emocionaste
cuando en un cometario en twiter
te mencionó.
 
Me corté la barba con su look de hipster vagabundo
para que pases la música de tus manos
sobre mis mejillas,
he intentado bajar de peso 
y no comerme estas inmensas ansiedades por verte,
me he metido a clases de actuación 
pero mis ojos enamorados 
no saben disimular el pánico escénico
de nuestro secreto entre tanta gente.
 
Después de pasarme la máquina de afeitar,
después de intentar peinarme como Diego Luna, 
con esa sobriedad y risa fresca de lago, 
recargo el rostro en mi mano frente al espejo
y pienso en cómo gustarte tanto cómo él.
 
Entonces disculpo los kilos ganados
en todas las cenas, cervezas y excesos
que hemos compartido
y lanzo mis últimas monedas 
en el pozo vacío de mi pecho 
donde he puesto todas mis esperanzas  
para cumplir este imposible.
 
No soy Diego Luna
y nunca seré ni siquiera un actor
aunque intento representar el papel 
que interpretamos cada fin de semana.
 

 
SI HUBIERA TENIDO CUANDO ERA NIÑO
ese par de zapatos para jugar futbol,
hoy presumiría en mis pies
los días que quedaron en pausa
esperando una oportunidad.
 
Si con la insistencia de ese futuro
le hubiera removido un poco de indiferencia a mi padre,
no me hubiera pasado tantos fines de semana
viendo los partidos desde una multitud
de bancas solitarias.
 
A veces un amigo me prestaba sus zapatos
y cuando entraba al campo
era como llevar puestos sus sueños.
 
Al voltear a ver las gradas
veía a mi padre apoyándome
desde el deseo de mi imaginación,
pero lo único que existía
era su lugar ausente.
 
Su resaca le impedía sacudirse
alguna de las muertes
que lo iban persiguiendo.
 
Si yo
hubiera tenido ese par de zapatos
es porque también
hubiera tenido un padre.
 

 
NO ME GUSTA MI VOZ
igual que el sonido martillante de las goteras,
o quienes rechinan la maldita cuchara
contra sus dientes,
o cierta gente que no cierra la boca al masticar.
Detesto esos sonidos tanto como mi propia voz.
 
A veces mi voz
se queda flojeando dentro de la contestadora
y no la reconozco,
es como si fuera alguien diferente
de la persona alta, trabajadora y elegante
que escucho en mi cabeza
y también detesto.
 
En ocasiones llega con su escándalo a mis reuniones
y por más que le diga que se comporte
se pone a cantar arriba de las mesas,
alza sus manos al aire
como si estuviera en una discoteca
y se emborracha hasta perderse.
 
La odio tanto
que me gustaría contratar a un actor que hable por mí,
modere mi sensibilidad y mis emociones     
y grabe un nuevo mensaje en la contestadora.
 
Pero,
¿Quién puede escapar
del encierro de su propia voz?
 

 
CUANDO LLAMO AL 911
siempre lo hago por las madrugadas,
quiero creerme tranquilo
aunque sea por contagio de esa voz.
 
Si me pusiera en las manos de una ambulancia,
la emergencia sí parecería una emergencia.
 
Por eso prefiero
llamar al servicio de localización de los desaparecidos,
pero en ese número jamás responden:
¿En dónde dejaste el silencio que me prometiste?
¿En dónde está ahora el cuerpo que salía de mi cuerpo
y era tu sombra frente a mí?
 
Marco al 911
solo
para que alguien me escuche.
 

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SOBRE LA OBRA:
 
La nostalgia siempre será el mejor lugar de la casa para encontrarnos, sin querer, con los fantasmas que sacamos en bolsas de basura por la mañana. A veces estos nos hablan al oído mientras limpiamos las tazas blancas de café con besos de quien no va a regresar; o justo toman forma cuando lavamos la ropa y pensamos sobre lo que hacíamos juntos en el día a día hasta darnos cuenta de que ya no existe en nosotros el tan lastimado “para siempre”. La nostalgia es una habitación donde no hay una sola puerta, donde a veces la encontramos a través de la soledad, esa intimidad que toca la fría ventana de la noche, pero donde ya no hay fuerzas para abrirla como cuando nos disponemos a limpiar los años cansados del rostro, encontrándonos convertidos en espejos, quizá buscando la reconciliación de todos los que fuimos, los que seremos. Será entonces desde las propias ruinas donde podremos construir de nuevo. Y tal vez se trate de eso, cerrar la puerta con doble llave y no salir de la casa hasta encontrarnos, aunque esté envuelta en llamas templando a los espectros.
 

 
Ángel Díaz nació en la Ciudad de México en 1983. Es Maestro en Educación por parte de la Universidad Fray Luca Pacioli y Licenciado en Administración de Empresas y pasante de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Ha publicado su obra en variadas antologías poéticas.
 

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