Gerardo Barragán Mendoza | LAS PINTURAS NEGRAS

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LAS PINTURAS NEGRAS

 

Todo comenzó cuando visitamos el Museo Lázaro Galdiano, en Madrid, para ver las pinturas de Francisco de Goya, un pintor español padre del arte Contemporáneo. Siempre innovador, consiguió adelantarse a todos y cada uno de los movimientos pictóricos que aparecieron en Europa, desde el romanticismo al surrealismo, pasando por el impresionismo y el expresionismo. Durante años, Goya se dedicó a pintar sobre el arte religioso y la vida cotidiana. También hizo muchas obras de temática erótica, los problemas económicos, sociales y políticos más acuciantes de España.

          Ahora, y esto es crucial, la razón por la que Carlota me llevó a ver específicamente el cuadro El aquelarre es que, de la pintura, en una escena cotidiana, llena de vida y movimiento, sorprende que en el centro de la escena esté el Diablo en forma de macho cabrío; ante él, una mujer ofrece a un recién nacido. El macho cabrío, con la corona en sus cuernos y esa extraña mirada, induce al miedo. La obra está pintada de tal modo que parece tener vida propia, captando la atención hacia la realización de un ritual. Espero no estar sobre interpretando. Escribo con miedo.

          El cuadro pertenece a las aterradoras pinturas negras y son un reflejo de la última etapa de su vida; Goya se quedó sin amigos, su sordera fue en aumento, tuvo problemas con la inquisición y se volvió solitario y huraño. Es en esta etapa cuando realiza las llamadas pinturas negras, pintadas con colores oscuros y sombríos. Los temas son siniestros, fantasmagóricos y sórdidos: brujería, aquelarres, violencia y personajes siniestros.

          Curiosamente, la vista que teníamos desde nuestro departamento daba al parque y, sobre todo por las tardes, el ventanal de la sala se convertía en un cuadro de Goya; decenas de personas entregadas a su actuar representaban una escena rica en detalles, algunos extraordinarios y maliciosos, otros sencillos y macabros.

          Recuerdo una ocasión en la que llegué al departamento y al abrir la puerta encontré a Carlota asomada a la ventana, en la penumbra, con las luces apagadas. Ella se giró y me advirtió: “Ahí está”. Un escalofrío recorrió mi espalda. La realidad cesó. Dejé mis cosas suavemente en el piso. Ni siquiera cerré la puerta. Carlota caminó hacia mí y despacio tomó mi mano indicándome que buscara detrás de un árbol. No vi nada. Ella suspiró y dijo: “Perdón, qué locura, siempre me pasa esto”. Carlota dice que desde niña ha intentado enseñarle a otros la figura de Satanás, pero en cuanto voltea para hablarle a su acompañante este desaparece. En su juventud, Carlota veía la figura de Satanás y le hablaba a su mamá con urgencia, gritando que ahí estaba el ángel caído, y cuando su mamá se asomaba esa cosa ya se había esfumado.

          Tras este episodio, decidió comprar algunas las réplicas de las pinturas; Vuelo de Brujas, El conjuro o Las brujas, La cocina de las brujas, La lámpara del diablo y El aquelarre, los cuadros reflejan terror y espanto. La interpretación acerca de las pinturas se volvió mi tema favorito. Si nos encontrábamos ociosos, incluso de noche, yo solo quería hablar de las pinturas y la relación con la brujería y el satanismo.

          Con frecuencia sometí a Carlota a interrogatorios interminables. Ni ella ni yo somos personas irracionales así que, partiendo de que la vida se puede analizar como una pintura de año 1798, esto tenía gran significado para ella. Pasamos tardes enteras tratando de encontrarle algún sentido a la existencia de Satanás. Al principio Carlota estaba encantada, nunca antes había podido hablar mucho de este tema porque le daba miedo que no le creyeran y la mandaran al psiquiátrico. Me dijo que nunca lo ha visto moverse, de pronto está y de pronto ya no. Además, el Diablo probablemente no tiene párpados, pues jamás lo ha visto parpadear. Y lo más importante, este nunca ha volteado a ver a Carlota, solo se queda con la vista fija, anclada, como hacen con las brujas en los cuadros de Goya.

          Los días transcurrieron, la situación se había intensificado. Decía que andaba en los alrededores a toda hora. Si lo señalaba ya no desaparecía. También lo soñó dentro del departamento, oculto en el armario y a partir de ese momento se negó a dormir sola. Aunque era mi novia, empecé a sentir miedo de ella. Una mañana al despertar la encontré sentada en la sala. Sus maletas estaban apiladas junto a la puerta. Tuve la impresión de que iba a ocurrirme algo espantoso y por primera vez pensé en la maldad de Satanás, un ser que encuentra deleite en la zozobra, oculto, inconsciente y macabro. “Lo siento mucho, no sabía si decírtelo. Por lo menos tú no lo ves”. Carlota tomó sus cosas y se fue sin mirar atrás.

          Yo nunca he visto a Satanás, pero a veces lo percibo. Me pongo inquieto, algo no anda bien.  Como ahora. Intuyo que mira desde alguna ventana o a través de las pinturas y que su atención está puesta en las sombras y los movimientos que podrían delatarme. Siento que si dejo de escribir se dará cuenta de que algo cambió y sabrá que estoy aquí y que soy consciente de él.

          Mil cosas pasan por mi mente, y todas dudas; él me provoca incapacidad de dormir, ¿Será quizás el día de mañana que lo veré? ¿Cómo estará Carlota? ¿Algo o alguien me sigue?, no lo sé, pero deseo que se detuviera. Solo quiero descansar, ya que me siento bastante cansado. Las ganas de dormir me hipnotizan, saben cómo hacerlo.

          ¡Demonios! De nuevo me toca la agonía del insomnio, ya, por favor, detente; no existen razones suficientes para castigarme tan cruelmente. El Diablo es tan cautivador, quisiera simplemente verlo, pero parece que solo juega conmigo, no desea complacerme, solo busca que lo desee más y más, alimenta su ego el ver mi sufrimiento.

          La vida, turbia como río revuelto, se aclara en la quietud de la noche, se asienta como lodo, densa, hasta que el agua de los pensamientos se vuelve transparente. A esta intimidad a la que nadie más que yo debería tener acceso, el Diablo se asoma. Y es horrible. Es la esencia de las pesadillas: no quiere mirar, pero ve; no quiere oír, pero escucha. Es todas las cosas que aborrece. Hasta donde sé, Carlota ya no está y Satanás sigue aquí, detrás mío, sobre estas líneas, engullendo lo que soy con sus ojos de abismo negro.

 


 

Gerardo Barragán Mendoza (Estado de México, 1996) es egresado de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad Autónoma del Estado de México por el Centro Universitario UAEM Amecameca.

Ha participado en varios eventos literarios, entre los cuales destacan, el Segundo Foro Interdisciplinario Reflejo de palabras: recordando a la Fénix de América y el Recital Poético en el marco del Día Internacional de la Poesía 2019.

 

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