Eduardo Garrido Faustinos | LA CULEBRA

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LA CULEBRA

(San Juan Evangelista Tlamapa, San Mateo y Santiago Tepopula)

Eduardo Garrido. Pláticas con Primitivo Vidal e Inés Contreras en el año de 2016 y 2017.

 

A Tepopula

 

Según se dice que, por allá en la región del tepopote, entre los cerros de Chiconquiahuitl, que en nuestra lengua quiere decir Siete Lluvia, y entre el cerro Coatepec, sucedió un hecho memorable; a mí me lo contaron aquellas personas que un día llegaron a este pueblo.

          Era un día caluroso de esos de marzo, en que las flores y el pasto empiezan a enverdecer. Cuando llamarón a la puerta, yo salí de prisa, pues creía que venían a dejar un encargo, pero cuando abrí la puerta para ver quién llamaba, descubrí a tres hombres que venían vestidos como palomos, así como todos nos vestimos, con huaraches de correa, morral de ixtle, un guaje con un poco de pulque y en las manos una cajita con un Santo Cristo recostado. Ellos me dijeron:

            —Disculpe, pasamos a ver si nos coopera un poco de dinero o maíz para arreglar nuestra iglesia y comprar una imagen nueva, ya que a nuestro santo patrón le cayó un rayo y se quemó por completo.

          Muy sorprendido por esta pequeña narración, los hice pasar al cuarto de tapanco que era de mi abuelito, en donde guardaba el maíz, y les dije que si me podían contar con más calma esa historia. Los señores accedieron y sentados en unas vigas, comenzaron a platicar. Ellos, con lágrimas en los ojos, dejaron la cajita en donde traían al santo, en una mesa, y empezaron.

            —Pues qué le decimos, joven, esto que le vamos a contar pasó así. Fue el 26 de agosto pasado, y como ha de saber es fecha en que las culebras y los rayos se oyen más fuertes; eran casi las 7 de la noche, y todos estábamos en casa empezando a descansar, bueno, algunos en casa de doña Rosita, porque ese día había fallecido. Comenzó un aguacero, de esos que quiebran la milpa, muy fuerte, venía acompañado de rayos y de aires que levantaban los techos. Entonces, una culebra se  formó en el cielo con rayos, parecía que el cielo se abría y devoraba todo y, en punto de las 7 con 8 minutos, esta culebra de rayos penetró la cúpula de nuestra iglesia, una iglesia muy antigua que nuestros antepasados habían construido con arena y piedra, entró por el lado norte y cayó sobre la urna que resguardaba desde 1526, a nuestro santo patrón; este santito se había aparecido en el cerro arenoso y los pobladores de ese entonces lo habían bajado con andas y mecapal hasta el pueblo del tepopote, cayó el rayo y empezó a calcinar todo lo que encontraba a su paso, y sí, lamentablemente hasta al Santo Señor de Tepopula se llevó.

          Los hombres con voz cortada y lágrimas en las mejillas continuaron con su narración, pues ni el calor que sofocaba nuestros cuerpos evitó las lágrimas de estos hombres.

            —Algunas personas que viven cerca de la iglesia vieron cómo el rayo entraba por la cúpula, dicen que se escuchó como cuando braman los toros, cuando de repente vieron cómo las llamaradas salieron de entre las ventanas y puertas de la iglesia, era como si el infierno estuviera dentro. Rápidamente alguien empezó a tocar las campanas con desesperación, como si lloraran por lo sucedido, entonces los pobladores se convocaron con cubetas y gabanes para combatir las llamaradas. Nosotros estábamos ahí, y el joven que usted aquí ve —señalando a otro que lo acompañaba— entró envuelto en gabanes mojados a rescatar al santito, pero cuando llegó al pie del altar, buscó entre las vigas y las piedras caídas y no encontró nada; ya iba a salirse porque el fuego ya lo empezaba a sofocar, cuando entre algunas flores olorosas que adornaban el altar mayor, lo único que encontró fue el rostro de Nuestro Señor, que por cosa de magia estaba intacto, el joven lo sacó y lo mostró a los presentes con miedo y asombro.

          No acababa de decir estas palabras y una ráfaga de viento entró y nos paralizó por completo, el calor era cada vez más fuerte y los tres hombres le echaron un trago de pulque al guaje que traían consigo.

            —Fue algo triste, algo que en ningún pueblo se ha visto. Sabe, joven, cuando vimos el rostro del santito entre los gabanes y todo tiznado, nos sentimos como huérfanos, desprotegidos, y es que en el pueblo al santito le decían el abuelo, porque él ha existido desde ya hace mucho tiempo. Todos los pobladores estábamos muy tristes, nada nos consolaba y así amaneció.

          El señor que narraba, secándose las lágrimas con su paliacate y limpiándose el sudor por el fuerte calor que azotaba en la tierra, se acomodaba en las vigas para continuar.

            —El sol empezaba a asomarse entre los volcanes y los primeros rayos llegaban a nuestros rostros, la iglesia estaba devastada y aún podía verse el humito que salía de entre la cúpula caída, así como el copal en alguna ceremonia. El rostro del santito se estuvo velando toda la noche y 9 días después, muchos pueblos se convocaron a tributar con flores y cantos, pero ni eso nos alegraba, pues eran días de luto. Pasaron muchos días y los abuelos se reunieron enfrente de la iglesia, para discutir y tomar decisiones, y una fue que teníamos que salir a los pueblos vecinos a juntar algo de maíz, o dinero para que arreglemos nuestra iglesia y compremos otra imagen, y otra, que el rostro del santito que se quemó, se resguarde en el pecho del nuevo Cristo, para que se convierta en su corazón y desde ahí nos proteja. Así fue como pasó joven, por eso estamos aquí, pidiendo un poco de ayuda para que arreglemos nuestra creencia.

          Me levanté de la viga en la cual estábamos sentados y bajé del tapanco tres costales repletos de maíz y les di unas moneditas que mi abuelo conservaba desde la Revolución. Los hombres muy agradecidos salieron con los costales y los echaron en la carreta que traían para cargar las limosnas que les daban. Me agradecieron por la atención recibida y, llegando al puente del río que alivia las penas, se perdieron entre la polvareda que levanta una carreta en camino de terracería.

 


 

Eduardo Garrido Faustinos (Santiago Tepopula, Estado de México, 1995) Es egresado de la Licenciatura en Letras Latinoamericanas por la Universidad Autónoma del Estado de México, Centro Universitario UAEM Amecameca. Ha participado como ponente, orador, tallerista y conferencista en distintas ferias del libro nacionales, así como en distintas universidades del país en foros, encuentros de literatura e historia. Tiene una antología de cuento y poesía publicada llamada Historias de mi pueblo (2016), de igual forma un libro en coautoría de poesía llamado Nacimos al Sur (2017) y un libro de cuentos Entre el lago y la montaña (Cuentos que no son cuentos de la región Chalco-Amaquemecan) (2019).

Es responsable del proyecto Literatura. Historia y oralidad de Tierra Fría y Tierra Caliente y es difusor independiente de la historia y literatura de la región de Chalco-Amaquemecan.

 

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