Edmundo Martínez García | EL CASTIGO DE RELÁMPAGO AZUL

Comparte:


 

EL CASTIGO DE RELÁMPAGO AZUL

Para Teté

 

Alejandra Teté Cuenta Cuentos me envío un video que mostraba a un niño intentando subir al ring de la lucha libre Triple A, para ayudar al Relámpago Azul, su héroe. En el video se muestra cómo un chico con sobrepeso intenta subir al cuadrilátero sin lograrlo, y luego la intervención de los elementos de seguridad quienes lo retiran del lugar.

            Me puse a investigar quién era ese niño simpático que quiso entrar al Pancracio por pura solidaridad.  Después de varios días de buscar en las redes sociales, por fin lo encontré ya convertido en un joven universitario que cursaba la carrera de Ciencias de la Comunicación y que practicaba la lucha libre amateur. Un día nos citamos en el café “El Popular” y esta es su historia.    

            Pese a ser muy inteligente, todos se burlaban de él porque era rechoncho. Sus compañeros de sexto grado le decían “Tinaco”, en lugar de Tinoco que era su apellido. Hasta el maestro Ribarola, haciéndose el chistosito, fingía que se equivocaba a la hora de pasar lista y le decía: “Tinaco. Perdón: Tinoco.” Todos festejaban la burla, menos Pepe que se sentía humillado frente a todo el grupo, pero sobre todo frente a Laura.

            Pepe Tinoco estaba enamorado de Laura, Laurita como le decían sus papás, la abanderada de la escuela. En realidad, todos estaban enamorados de ella. Cómo le gustaba a Pepe verla con su uniforme de gala los días lunes. Lo que más le llamaba la atención de la vestimenta de Laura, eras sus tobilleras con orillas de encaje; le gustaba contemplar aquellas piernas llenitas y los hermosos tobillos engalanados por aquellas tobilleras blancas. Pero ni pensar en declararle su amor a la flamante abanderada ya que era novia de Fernando Santillán, el Gandalla, el abusivo golpeador, el atracador que les quitaba el dinero a los niños cuando los encontraba solos en el baño.

—El tipo era una verdadera pesadilla —me dice Pepe Tinoco mientras saborea su café con leche—. Fue el terror de aquella generación. Hasta los maestros le tenían miedo. Pero Laura estaba como hipnotizada por Fernando.  A pesar de su malevolencia, ese niño despertaba cierto atractivo no sólo en Laura, sino en las demás niñas. Desde entonces aprendí que un buen corazón y la inteligencia no bastan para atraer a una mujer.

            En eso entra al café un luchador enmascarado que saluda con familiaridad a Pepe Tinoco. Se dan un abrazo.

—Te presento a Terremoto Cósmico—me dice Pepe—. Acaba de debutar en la Triple AAA.

—Mucho gusto —me presento— Soy Edmundo, escritor.

—El gusto es mío —me dice, con un fuerte apretón de manos. 

            Luego de que el gladiador se va a sentar a una mesa en compañía de una joven, Pepe continúa con su relato.      

            No teniendo ninguna esperanza con Laura, Pepe Tinoco se dedicaba a estudiar, a ver las luchas por televisión los sábados y los domingos y a hacer dibujos y pequeñas historietas donde los protagonistas eran los luchadores profesionales que tanto admiraba. Cada fin de semana, libreta en mano, se sentaba frente al televisor para ver las hazañas de su héroe: Relámpago Azul. Muchas veces imaginó que el luchador le daba su merecido al Gandalla por andarle diciendo: “Tinaco”, “Gordinflón”, “Bola de manteca”, “Bómboro”, “Cochinito pibil”, “Puerquito Caliente”, “Mantecada Bimbo” y otros apodos que el rijoso le endilgaba al pobre de Pepe delante de los demás. Cómo le gustaba humillarlo, sobre todo delante de Laura.

—Tenía un problema de sobrepeso —me confiesa Pepe—. Eso me tenía con la autoestima por el suelo. Por eso veía en los luchadores mi ideal masculino. También por esa razón, cuando entré a la secundaria, me metí a un gimnasio y allí comencé a practicar la lucha libre.  

             A Pepe Tinoco también le gustaba llenar álbumes con estampas de los titanes del ring; ese era otro de sus pasatiempos favoritos.

—Aún conservo algunos de aquellos álbumes —me dice Pepe Tinoco mientras da otro sorbo a su café con leche.

            Un domingo Pepe Tinoco encontró en un puesto de chácharas del tianguis un muñeco de su luchador favorito: Relámpago Azul. Era extraña aquella coincidencia, como si el destino hubiera decidido unirlos para la experiencia que estaba por ocurrir. El muñeco estaba sucio y descuidado. Pepe lo compró, lo llevó a su casa, le lavó el cuerpo, la ropa y lo dejó como nuevo. Lo acomodó luego en una caja con mucho cuidado; era su tesoro. Aquel día, mientras cenaban, su papá le preguntó que qué deseaba para el día de su cumpleaños. Pepe Tinoco no lo pensó dos veces: que lo llevara a ver el duelo máscara contra máscara entre el Relámpago Azul y Estrella Solitaria. “Hecho”, le dijo su papá, y se tocaron los puños. Esa noche casi no pudo dormir por la emoción. Soñó. Soñó que acompañaba en las aventuras más alocadas y fantásticas al gladiador, como si fuera un pequeño escudero.

—Pobre gordito pendejo —se burló Fernando Santillán el siguiente lunes cuando vio que Pepe Tinoco le compraba un helado a Laura mientras le enseñaba uno de sus álbumes de estampas—. El Bómboro quiere tener novia —gritó para que todos vieran a un Pepe Tinoco intimidado.

—Me había emocionado porque Laura me sonrió un poco mientras me veía completar el álbum que se titulaba Leyendas del Ring —me dice Pepe—. Ese día andaba sola a la hora del recreo y se quedó viendo cómo completaba el álbum con las últimas estampas. Se me hizo fácil invitarle algo en la tienda escolar pensando que el Gandalla no se daría cuenta.

            Yo saboreo la malteada de chocolate mientras escucho la plática del ahora estudiante universitario y luchador en ciernes. En eso suena mi celular. Es Alejandra Teté Cuentacuentos. Le hago señas a Pepe Tinoco para que me permita contestar la llamada.

—¿Qué crees? Ya me llegaron los muñecos de Tinieblas y Aluche —me dice emocionada—. Son hermosos. Gracias, Ed.

—Qué bueno. Disfrútalos.

          Nos despedimos y Pepe Tinoco retoma su relación.       

            Aquella sonrisa había animado a Pepe Tinoco invitarle a Laura un helado, de manera inocente. Mientras lo saboreaban, Pepe Tinoco le habló de la lucha libre y del muñeco de Relámpago Azul que había comprado en el tianguis. Cuando el Gandalla se percató de ello le batió el helado de crema en el suéter y le rompió el álbum junto con varios sobres de estampas. Pepe Tinoco lloró en el baño, humillado frente a Laura, sin posibilidades de enfrentar al energúmeno aquel.

            Ese día en la noche Pepe Tinoco tuvo un sueño extraño. Vio cómo el muñeco Relámpago Azul cobraba vida y salía de la casa. Pepe lo seguía a distancia y veía cómo el muñeco llegaba a la casa de Fernando Santillán y saltaba por la ventana hacia el interior de la recámara de aquel. Acto seguido, el muñeco tomaba un lápiz y le daba un tremendo piquete en el ojo izquierdo al malandrín. Mientras el Gandalla pegaba de gritos y se sacaba el lápiz de la cuenca ocular, el muñeco saltaba hacia el exterior y regresaba a casa hasta colocarse dentro de su caja. Pepe Tinoco despertó de aquel sueño, pensado que se trataba de eso, de un sueño. Si fuera real, cuánto disfrutaría ver el sufrimiento del Gandalla. Por asociación, se acordó de Laura. Ella le había sonreído y eso le hacía palpitar su pequeño corazón. 

            Fernando Santillán llegó a la escuela tres días después con el ojo izquierdo parchado. Los papás le explicaron al profesor que nos sabían qué era lo que había pasado, pero que lo más probable era que perdiera el ojo. El Gandalla, llorando delante de todos, juró una y otra vez que lo había atacado un muñeco con forma de luchador. Los niños se rieron al ver el estado lastimoso y de las tonterías que esgrimía Fernando Santillán.

—No estaría de más que también consultaran a un psicólogo —les recomendó el profesor.

—Eso estamos pensando, maestro —dijo la mamá—. Desde esa noche no deja de repetir lo mismo: que un muñeco en forma de luchador lo atacó.

—Yo estaba sorprendido —me dice Pepe Tinoco mientras llama a una de las meseras y pide una rebanada de pay de limón—. Caí en la cuenta de que mi sueño había sido real.    

            El siguiente sábado, Pepe Tinoco fue con su papá a la Arena México para ver a su héroe. Allí estaba el luchador con la reluciente máscara azul, midiendo fuerza contra Estrella Solitaria; era el duelo máscara contra máscara esperado por todos los aficionados al Pancracio.

            La lucha comenzó muy pareja. Pero en la segunda caída, debido a las marrullerías de Estrella Solitaria, la balanza comenzó a inclinarse en favor de este último. Fue precisamente ahí cuando Pepe Tinoco entró en acción. Corrió desde su butaca e intentó saltar al ring, pero su gordura se lo impidió. Los agentes de seguridad y del staff lo sujetaron. Lloró por la impotencia de no poder ayudar a su héroe a quien Estrella Solitaria asfixiaba con su propia máscara. Su papá logró tranquilizarlo. La tercera y definitiva caída fue toda para Relámpago Azul. Éste se alzó con la victoria y con la máscara de su rival. El gladiador habiéndose dado cuenta de la actitud de Pepe, fue hasta su lugar y lo llevó a su camerino donde le obsequió una máscara autografiada y se tomó una selfie con el pequeño valiente. Cuando Pepe Tinoco le contó lo del Gandalla, el luchador le dio consejos para no dejarse llevar por el miedo; le explicó que el pequeño malandrín que asolaba la escuela en realidad era un pequeño cobarde, y que de ahora en adelante contara con él, con Relámpago Azul.

—El Gandalla no regresó más a la escuela —me aclara Pepe—. Supimos que había perdido el ojo y que para evitar la vergüenza lo habían enviado a un colegio de paga. Estaba ya en la preparatoria cuando me enteré que lo habían asesinado por andar en una banda de narcosecuestradores. A pesar de todo sentí lástima por él.

—Pero, ¿qué fue lo que realmente pasó? —le pregunto—¿Crees que efectivamente el muñeco cobró vida y vengó la afrenta de la que fuiste objeto?

—No lo sé, Edmundo —responde—. Es algo a lo que no le he podido encontrar explicación lógica. Para mí fue primero un sueño. Yo lo sentí así, pero las pruebas reales estaban a la vista: un pequeño bribón con un ojo menos. Nunca antes lo comenté con nadie, hasta hoy. Es un secreto que he guardado con mucho celo. Nunca más he vuelto a soñar que el muñeco de Relámpago Azul cobre vida.

—¿Aún lo conservas?

—Desde luego que sí. Es como mi amuleto de la buena suerte. Pronto pasaré de amateur a profesional y será como mi ángel guardián.     

—¿Y qué pasó con Laura?

—A partir del día en el que Fernando Santillán dejó de ir a nuestra escuela, ella y yo nos hicimos buenos amigos. Le prestaba revistas de lucha libre, le regalaba muñequitos de luchadores; creo que ella también se aficionó al Pancracio. Ya en la secundaria nos hicimos novios. Duramos un par de años. Cuando concluimos ese nivel ella se cambió de ciudad y terminamos. Seguimos siendo amigos y hasta le fecha nos comunicamos por Facebook o por WhatsApp.

—Tsss. ¡Qué historia! ¡Qué final! Realmente de fantasía —le digo.

—¿Quién te contó la anécdota de mi intento por subir al ring para ayudar a Relámpago Azul?

—Alejandra Teté Cuentacuentos me envío un video. Ella es una fan de la lucha libre.

—Ah. Ya. La recuerdo. Alguna vez fue a mi escuela a contar cuentos sobre luchadores precisamente cuando yo iba en sexto grado, cuando sucedió lo que te acabo de contar. Recuerdo uno muy gracioso con el título de “La fuerza está en la máscara”.

            No le comento que yo soy el autor de ese cuento. Concluimos la charla, apago el celular donde he grabado aquella historia y pido la cuenta.

           Pepe Tinoco y yo nos despedimos no sin antes prometerle que en cuanto publique el cuento, se lo haré llegar. Me da las gracias y me dice que cuando vea a Alejandra Teté Cuentacuentos, le dé un saludo de su parte. 

 


 

Edmundo Martínez García (Ciudad de México, 1955). Profesor egresado de la Normal N. 9 del Estado de México. Licenciado en Letras Latinoamericanas por la Universidad Autónoma del Estado de México (Unidad Académica Profesional Amecameca, hoy Centro Universitario UAEM Amecameca). Maestro en Ciencias de la Educación por el Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México (campus Chalco). Doctor en Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa). 

Ha publicado en revistas universitarias y culturales con diversos artículos. Es autor de dos libros de cuentos: Mano de gato, relatos de la tradición oral y Si lo ves, dile al general Vicente Guerrero que los nazis ya están aquí. Actualmente prepara un libro de cuentos con el tema de la lucha libre: Antropomorfo, cuentos de dos de tres caídas sin límite de tiempo.

 

Síguenos