Allan Galán Balderas | EL CUATEPOXTLE

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EL CUATEPOXTLE

 

Cuando tenía 12 años mi padre me contó la historia del Cuatepoxtle. Esta narración había sido contada de viva voz por mi abuelo, siendo una experiencia en su época de juventud.

            Mi abuelo Juan era un humilde campesino que desde pequeño se enseñó a trabajar con el arado, andar con una mula y un caballo como compañía. Cada mañana le dedicaba su tiempo a su tierra, transportándose desde casa hasta aquel terreno con la ayuda de una volanta1.

            En una ocasión mientras iba de camino al terreno, se topó con su amigo Artemio, este iba visiblemente acelerado en su burro, pasando de largo sin saludar, situación que extrañó demasiado a mi abuelo. Por la tarde, mi abuelo decidió visitar a su amigo y cuestionarle el porqué de su comportamiento en la mañana; mucho más calmado, Artemio se disculpó y le contó el motivo de esa actitud.

            Artemio era leñador, a inicios de su labor solo se dedicaba a la recolección de ocote, pero posteriormente empezó a cortar piezas más grandes de pino, encino, oyamel y otros árboles de los bosques de Amecameca. La madera la vendía en el tianguis municipal para el uso que sus clientes quisieran darle, algunos incluso utilizaban el producto en ritos esotéricos o como medio medicinal.

            Aquella vez que Artemio bajó del bosque tan agitado fue porque se encontró con el Cuatepoxtle. El hombre ya había oído hablar de él antes, pero nunca lo había visto. El Cuatepoxtle es un ser con apariencia de un niño de 6 años, moreno, de cabello negro, con toda la vestimenta de color rojo; al menos Artemio así lo describió. Se decía que el propósito de su aparición en los bosques era el ayudar a leñadores y taladores a obtener grandes cantidades de madera con facilidad, aunque claro, esta tarea tenía un precio, pero nadie sabía cuál era.

            Se le atribuía al Cuatepoxtle que los taladores clandestinos acabaran con grandes cantidades de hectáreas en los bosques sin ser detenidos o cuestionados por las autoridades ante tales daños a la naturaleza. El ofrecimiento del Cuatepoxtle a Artemio fue justamente esa protección y la obtención ilimitada de madera para sus ganancias personales.

            Mi abuelo se preocupó por Artemio, comenzó a pensar que debido a su ambición se estaba volviendo loco. Aquella tarde se despidió, advirtiéndole que tuviera cuidado.

            A la mañana siguiente Artemio fue al bosque a cortar madera, el Cuatepoxtle volvió a aparecérsele a unos 5 metros de distancia; estando de pie junto a un árbol le dijo:

—Cortaré toda la madera que desees, pero a cambio quiero tortillas azules.

            Artemio respondió:

—¿Tortillas, solo eso quieres?

            El Cuatepoxtle aseveró:

—Así es, solo tráeme tus burros y los verás cargados de leña.

            Artemio convencido de lo que le pedía era fácil de conseguir, aceptó la propuesta tomó su burro y partió montaña abajo rumbo a casa. Cuando llegó, justamente su esposa estaba haciendo tortillas de maíz azul; tomó su paliacate y sin más, guardo una docena de tortillas en él, salió corriendo, preparó a sus burros y se los llevo, mientras su mujer lo observaba extrañada.

            Ya en el bosque escuchó la voz del Cuatepoxtle que le decía:

—Anda, pon las tortillas en ese tronco junto al cedro.

            Artemio así lo hizo; volteaba a todos lados tratando de ver al Cuatepoxtle pero no lo encontraba, hasta que lo vio trepado en un árbol; cuando volvió la vista hacia abajo las tortillas habían desaparecido y sus tres burros estaban cargados de madera; alegre, tomó sus animales y volvió a su casa; quien se lo topaba en el camino se sorprendía al ver la gran cantidad de leña que llevaba.

            Al día siguiente Artemio quiso más madera, por lo que empacó otra docena de tortillas y se dirigió al monte con sus burros, dejó las tortillas en el tronco y esperó a que nuevamente sus burros se cargaran de leña. Mientras tanto, mi abuelo regresaba a casa con una volanta llena de milpa con elotes gordos. Esa tarde se comería chilatole en casa.

            Fue en la noche cuando la mujer de Artemio desconsolada tocó a la puerta preguntando por su marido; Artemio no había llegado a casa y eso jamás había sucedido en el matrimonio.

            Algunos conocidos del hombre, entre ellos mi abuelo, decidieron buscarlo al amanecer; en el bosque encontraron a sus burros y, sobre un tronco, un paliacate con dos docenas de tortillas azules, pero Artemio no aparecía por ningún lado, fueron varios días de búsqueda y jamás se volvió a saber de él.

            Se dice que, al aceptar el trato con el Cuatepoxtle, lo que en realidad Artemio le dio, no fueron las tortillas azules, sino su mismísima alma, pues el Cuatepoxtle, encarnado en un niño pequeño, es la viva imagen del demonio.

 

1 Refiere un vehículo tipo carruaje mucho más rústico que es tirado por caballos generalmente en labores del campo o recolección.

 


 

Allan Galán Balderas (Amecameca, Estado de México, 1994). Docente egresado de la Escuela Normal de Amecameca con la Licenciatura en Educación Secundaria con Especialidad en Lengua extranjera inglés. Actualmente cursa la Maestría en Interculturalidad para la Paz y los Conflictos Escolares en la Escuela Normal No. 3 de Nezahualcóyotl.  Interesado en la palabra escrita, pues considera es un medio de cambio social y transmisión cultural ha escrito artículos sobre el rol docente, el aprendizaje del inglés, la interculturalidad, la paz y la convivencia escolar.

 

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