Humberto Gonzáles M. | LA MANTA

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LA MANTA

 

No era la luz precisa que podía colarse por la ventana, ni el volumen exacto de algún disco de jazz sonando para acompañar el trabajo; mucho menos el escaso ruido del día, de los vecinos, de los autos, de los gatos en los techos o los choques metálicos de la construcción cercana. Era la manta.

          Que él recordara, desde que intentó ganarse la vida como escritor, abocándose a ello como oficio único, no había tenido la soltura para escribir grandes párrafos, legibles y atrayentes para ser leídos, y que pudieran darle lo que él quería; ganarse la vida como escritor.

          Anterior a la manta, que colocaba en sus piernas al comienzo sin darle atributo alguno más que solo para evitar el entumecimiento por el frío de la época, pasaba una cantidad de horas frente a las hojas, escribiendo y borrando, tachando líneas completas del largo de una cuadra, para transcribirlas después, por la noche, con la espalda tomada por la molestia de la posición en una silla cercana a un artefacto de la inquisición. Para cuando estuviera transcrito se diera cuenta que borrar algunas partes no era suficiente, sino más bien el descartar el trabajo del día por completo.

          El tomar bocado en ese momento, es decir antes de tener la manta, consistía en un desayuno almuerzo, una sopa de cebolla y unos cortes de zanahoria, o para un buen día en el que la paga generosa de alguna corrección llegara (los cuales eran pocos por decir mucho), en una porción de arroz en plato hondo, una ensalada, y un vino; más cercano al vinagre que a la bebida puesta en la etiqueta. Hasta ahora, lo que podría haber ganado como escritor era un rostro de pómulos enjutos, una correa que cada vez tenía más hoyos para sostener el pantalón que ya empezaba a quedarle ancho junto con las camisas.

          Pero desde que llegó la manta su trabajo tomó firmeza. Eran pocas las líneas que borraba en el papel; y hasta llegó a no necesitar un borrador previo. En algún momento llegó a pensar que era Isabela la que lo inspiraba; su figura delgada, su nariz afilada y sus ojos color almendra brillantes al contraste de la luz del visillo de la ventana. Pero no. Tomaba la Olivetti y dactilografiaba enseguida lo que en su mente empezaba a aparecer, sin tener que borrar palabra alguna, porque nacía todo a pedir de boca con la manta puesta en el regazo. Escribía como nunca, sin trancarse por un momento entre comas, puntos, lugares o nombres de personajes. Lo dedos corrían por la máquina, llenando todo el periodo de la mañana la sala con el sonido de ramitas quebradas que salen al presionar la barriga de las teclas planas. El papel se acumulaba al costado izquierdo del torso de la máquina, formando altas pilas que pronto le darían una buena paga, desayunos, almuerzos y cenas fuera de casa, un vino variado cada noche y el placer de desmantelar la vieja silla en el momento de cambiarse a una casa nueva.

           La tarea fue simple, tomar un martillo y desmembrar el respaldo de la columna del asiento, astillar las patas con el mismo objeto hasta dejarla coja; y acabar con el posadero partiéndolo a la mitad con una cantidad de golpes impetuosos. Lo demás era solo embalar, guardar en cajas algunos libros, deshacerse de viejas camisas y pantalones que ya no le cerraban y almacenar piras de papeles en carpetas. Del resto era mejor no saber; ser económico al momento de transportarse y evitar llevar objetos contundentes que podrían solo guardar polvo y quitar espacio. La Olivetti era una de ellas.

          Es probable que el cambio de casa, los ajustes rápidos de los sellados de las cajas y la salida acelerada de un barrio que recordaba solo grandes miserias, haya hecho que la manta se fuera en alguna de las viejas bolsas, esas que se regalan a gente que tiene interés en seguir dando vida útil a los objetos desechados para la nueva casa. Le era indispensable el encontrarla, ya instalado en los nuevos recintos en los que debía por contrato el ponerse a trabajar bajo la computadora.

          La casa, ahora, se veía como cuando llegó, todos los objetos estaban esparcidos por el suelo sin mostrar un lugar aparente de pertenencia entre repisas, cajones o consolas.

          Bastaba solo con telefonear para conseguir la manta nuevamente, colada por error en una de las bolsas regaladas en la mudanza, ponerla en las piernas como de costumbre al escribir, y que la manta hiciera su labor correspondiente; al sentarse frente al teclado. Pero a las voces, terratenientes ahora de los objetos descartados, les parecía irreconocible la manta entre las cosas rescatadas. Solo en una de ellas había un mantel tres cuartos de hilo tejido a choché, el que no alcanzaría a cubrir las piernas y dado por el punto abierto que daba forma al mantel, se filtraría el frío sin problemas. Porque no era solo el cubrir las piernas; era la manta la que prácticamente hacía el trabajo de escribir por él.

          Bastaba revisar la gaveta del cuarto porque, aunque se regalen cosas en los cambios, siempre queda algo por almacenar en los nuevos recintos. Pero no estaba. Y aunque seguía volteando todo lo revuelto, persistía en no aparecer.

          Sin ella, pensaba, el cambio de casa, los muebles, las tres comidas del día y el vino distinto de cada noche, no pasarían a ser más que un recuerdo cuando tuviera que volver nuevamente a la abatida y vieja casa sin la manta.

 


 

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@invierno_g_m

 


 

Humberto González Meneses (San francisco de Limache, Chile, 1990). Cuentista. Estudió arte secuencial en el Conservatorio de Bellas Artes; y Ped. en Lenguaje y Literatura. Fundó la revista de literatura universitaria Crucigrama de la Facultad de Educación, la cual duraría hasta el término de sus estudios académicos. Tras el término de estos, vivió como monje en los monasterios de Catemu y Rancagua por un periodo de tres años. Reside en su ciudad de nacimiento, en la que sigue dedicándose a la escritura a tiempo completo como narrador. Algunos de sus relatos han sido publicados en Letras de chile.

 

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