Jorge Etcheverry Arcaya | MICRORRELATOS

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LA NIÑA DE LA VENTANA

 

La niña de la ventana no sabe que existo que a veces me pongo a fumar en la noche bajo el farol—otro flaco ensombrerado salido de un tango—la niña de la ventana se desviste pausadamente frente al espejo—ahora la miro desde la ventana de mi buhardilla del frente casi pero un poco lejos porque la calle es muy ancha—pasan autos—en el día la ventana no refleja la luz el sol

Después de muchos días o unos pocos que se multiplican por la repetición y el hastío cruzo la calle para leer por fin una nota que puso alguien en la puerta de la casa donde vive en el tercer piso la niña de la ventana cuya silueta creo entrever aunque sea de día y no de noche desde mi propia ventana

Que es cuando la niña de la ventana deja que su silueta se recorte contra un rectángulo de luz celeste mientras me niego a corroborar el paso de las horas y desleo en mi memoria el aviso de venta de esa casa tapiada para espacio comercial y condominios

Con múltiples brillantes ventanas  

 


                                                                                     

DOMINGO EN LA MAÑANA     

 

Veo un helicóptero fumigador y su crespón de humo blanco. Pienso en los aviones acrobáticos de mi niñez, dibujando figuras contra el cielo. Pero los tiempos han cambiado: una nueva mutación de la influenza se cierne sobre nosotros, que ya no tomamos sol por miedo al cáncer cutáneo No salimos por los mosquitos, sino tapados con velos como ninfas talibanas. Escucho a un pastor predicando la semejanza del hombre (y la mujer) al creador. Cambio de canal. Me dicen que el hombre es la obra maestra que culmina el proceso evolutivo.  Pero veo por la ventana gaviotas y cuervos, versátiles, adaptables, revoloteando en pos de mi basura y la de mis vecinos, quizás elucubrando una escala que pone en primer plano a los seres que vuelan, reinando sobre los habitantes de la superficie, sobre el abyecto gusano bajo tierra. Reduciendo a la nada nuestro manejo del medio ambiente, nuestra cultura. Si fuéramos objeto de investigadores interplanetarios, nos verían como habitáculo de las formas dominantes del planeta, virus y bacterias, que no necesitan ni siquiera un cuerpo multicelular. Cierro la ventana, apago el televisor. Miro en el reloj las horas que me separan de la siesta.

 


 

 CAMINANTE Y CURANDERA

 

Llegó a los restos de un bote varado hace tiempo-las tablas medio petrificadas por la sal, la quilla medio cubierta de algas y moluscos, las bordas blanqueadas por la misma sal y los excrementos de las aves marinas. Dobló hacia el interior, alejándose de la rompiente. Comenzó a atravesar las dunas. Al otro lado hay una casita negra, casi tapada por unos roqueríos, que desprenden un olor punzante, ya que seguramente sirven de excusado a bañistas, pescadores o simples caminantes o lugareños.  Llama a la puerta con su bastón: toc-toc. Un bastón cubierto de insignias y calcomanías de hoteles y líneas aéreas, recuerdo de sus viajes a Europa.  Ahora, en el nuevo Chile, todo el mundo puede ir a Europa, y es posible que un bastón así no despierte más que un interés mediano.  Una mujer vieja con una larga y ensortijada melena casi blanca le sale a abrir.  No lo saluda. Lo hace entrar con familiaridad.  Él le pregunta “¿Tendría un poco de esa hierba de la que le hablaba el otro día?, y que cuelga en un manojito parduzco del techo  “Creo que lo único que me queda es eso poco que está ahí.  Ese monte es caro, difícil de encontrar.  Ya no queda mucho”.  Eso es cierto.  Antes, unos años antes, la comarca era más húmeda, de una humedad dulce, no salada.  Los alrededores eran más verdes.  Crecían los juncos y las liebres saltaban entre las ruinas de adobe del Pueblo Viejo.  Que ya no existe.  La poca gente que había ya se ha ido.  El desierto se está corriendo apurado hacia el sur auxiliado por la falta de lluvia, que por otra parte cuando llegaba a caer, iba lavando al mar la poca tierra fértil que quedaba.  Esa crucífera supo crecer antes en todos los huecos húmedos entre las rocas.  Ahora se la encuentra sólo cerca de las fuentes termales y de los arroyuelos bajos, de poco caudal y tibios.  Por eso que es escasa y cara.  La vieja saca del ramito y le muestra unas hojitas secas y gruesas cuyo matiz original estría el pardo seco y que es una de las numerosas variedades del verde claro de la vegetación de esta región más hacia las montañas.  Incluso seca, su aroma picante y agridulce llega a las narices del curandero.  Él le pregunta el precio, ella hace un ademán con la mano y se encoje de hombros: son viejos conocidos, no le va a estar cobrando.  Ella es la vieja Sara, también curandera, yerbatera, que hace sahumerios y ve la suerte. Para la gente de los cerros, y los pescadores y los niños que la siguen-una bruja., aunque muchos visitan su puesto en la feria de los domingos en el pueblo, que es en realidad una manta en el suelo cubierta de ramitos de hierba y trocitos de madera.

 


 

AL PASAR SOBRE PARÍS

 

A mí me encantó cuando fui, nunca con mucha plata. Medio conozco varios barrios, en general fui a eventos, a leer poemas. Una sola vez solito y por la libre. Viví un par de semanas en un cuartucho de hotel sobre un restaurante de tercera por ahí por la Gare du Nord. Hice torpe interpretación a turistas gringos o ibéricos medio borrachos .Hay gente que dice que la ciudad es incómoda--gente de afuera  -- poluta. Que hay un olor --leve--- a alcantarilla, vulgo mierda--- omnipresente, que lo permea  todo. Comida árabe y étnica barata, aunque baste y sobre una baguette con paté. Se pueden comer una excelente salchicha portuguesa, aunque alguien diga para qué ir a París a comer salchicha portuguesa —un cuscús mejor que en África del Norte. De Saints Denis, calle del sexo a renta--- vulgo la calle de las putas--- se sale a la monstruosidad moderna del Georges Pompidou, que es un museo. Si te alcanza el tiempo date una vuelta por el  Père Lachaise—en cuyas tumbas descansa o no mucha gente famosa.

 


 

PÁNICO CON OBJETO EN EL CIELO

 

El Primer Ministro había usado un tono tranquilizador en la tele al referirse a la seguridad de los ciudadanos y su convicción de que las intenciones de los visitantes eran buenas.  J. estaba mirando la entrevista con bastante incredulidad cuando se dio cuenta de que la gente estaba gritando afuera del café. Corrió hasta la puerta, tropezando con otra gente, algunos tratando de salir a ver qué pasaba y otros tratando de entrar para protegerse.  Se oyó un ruido sordo, unos frenos y cristales que se rompían. Un auto acababa de pasar a través de un escaparate casi a media cuadra. Una mujer joven cayó de bruces en la vereda al tropezar con una saliente de la vereda, casi al frente del café. Pero la gente y el mismo estaban paralizados mirando hacia arriba. Una forma semiesférica de aproximadamente un metro y medio flotaba a la altura de las luces de alumbrado público, brillante y metálica, pero con otro elemento de color o pátina imprecisable, su superficie cubierta por excrecencias en relieve, depresiones, incisiones y agujeros circulares, y emitiendo un zumbido.

 


                                     

Jorge Etcheverry Arcaya, nacido en Chile, vive en Ottawa, Canadá. Perteneció al Grupo América y la Escuela de Santiago, agrupaciones poéticas chilenas de fines de los 1960. Textos suyos de poesía, prosa y crítica han sido publicados en diversos países. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido, poemas, Chile, 2017, Canadografía, antología de prosa hispanocanadiense, Chile, 2017, Los herederos, novela de ciencia ficción, 2018. Últimamente aparece en las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena, (Chile, 2018), Antología de la poesía chilena de la última década, (Chile, 2018), Antología mundial de poesía: La papa, seguridad alimentaria, (Bolivia, 2019). Sus últimas publicaciones en revistas son en La pluma del ganso, México, donde fue escritor invitado en su número 105 (2018), y es colaborador de la revista Entre Paréntesis, de Chile. Es embajador en Canadá de Poetas del Mundo.

 

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