Alessandra Monterrey Santiago | LA PERFECCIÓN DE LO FINITO

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EL INSOMNIO DE LAS HOJAS

Por un camino de guijarros de pan
la luna enciende las flores más obscenas.
Las gallinas se arrinconan,
tallan con el pico alas de gaviota en un tronco seco.
 
Y entonces,
entre los helechos pisoteados de la mirada,
veo todo tal cual es.
 
Hay un camino de huesos y escamas.
Mis ojos que son una soga rústica hablando a un hilo de seda,
pintan pétalos de tiza en el sereno.
 
Es el insomnio de las hojas.
 
En mis manos llevo el obsequio de la infancia,
el cráneo de una muñeca de tierra
para que apague la tea de las sombras.  
 
He allí el resplandor del árbol más bello,
abre sus ojos para cegar el horizonte
y besa con un soplo la distancia de las estrellas muertas.
 
De pronto, las hojas callan,
solo nos queda el cadáver de sus ramas, 
huesos para ofrenda del rayo. 
 
Brisa solar de madrugada,
los árboles se derriten como velas,
ya no seremos visitantes,
en mis manos ahora
sólo hay tierra. 
 

 
CLAUSTROFOBIA EN UNA JAULA DE PAPEL
 
“No hay más que rostros invisibles.
Me he extenuado inútilmente en
los recuerdos y en las sombras.”
Antonio Gamoneda
 
Duele el aroma de las mandarinas en tus manos,
la tierra mojada salpicada de orugas,
la saloma anfibia y el reloj que sólo vos sabes leer;
porque no puedo olvidar
una procesión de ciruelos mordiendo mis ropas
y el capullo de los plátanos macerando la luz.
 
Yo quería un bosque que sólo fuera mío,
pero me encontré con un jardín torturado
estrangulado entre cactáceas y macetas de huesos.
 
Los girasoles se embriagaron con la sangre del columpio
y el azul se tragó su tormenta de sed.
Es el luto de lo inmenso entre los umbrales sedientos,
donde las cenizas beberán del manantial de todas las enredaderas
pero jamás enjugarán el lodo de los cielos.
 
Tampoco podrán posarse en mis manos
las mariposas de alas tatuadas de infinito,
ni los retratos chamuscados por la lluvia
flotando entre las botellas de la resignación.
 
Todos los lugares comunes de tu amor.
 
Toda la lluvia atrapada en una jaula de papel
reposa en un tiempo suspendido;
en la eternidad de tus palabras.
 
Es tarde, lo sé.
Todo a mí llega tarde,
como la luz de una estrella muerta silbando en la hierba.
Es una ilusión enredarme en esas manos que jamás
acariciarán las nubes,
porque aquí la tierra es un fango de lluvias sempiternas
y el azul de ese sol que siempre gira
sólo puede crepitar entre pétalos que arden inasibles
en la triste “exigencia” de un poema de amor.
 

 
EL ÁRBOL DEL AMANECER
 
Las cucarachas viven en un árbol que se pudre en el atardecer.
Allí, en su nido de leche rancia y comején,
gotea la pulpa áspera de su savia,
derrama semillas de alacranes en el vientre de los sinsontes.
 
El infinito es la trashumancia de las flores.
Mis huellas crujen como el pan triturado
por las muelas de las piedras.
Todo se vuelve ocre,
ha llegado un sol que viste de azul a las iguanas
y este bosque se convierte lentamente en arena.
 
Y te dije:
Alguien secó el árbol y sólo le dejó hilachas para colgar retazos.
Vamos, colguemos criaturas de alambre, caracolas, cintas.
Trencemos con flores silvestres la primavera en sus ramas,
para que el niño de madera
nunca sienta la carcoma del desamparo
en sus rodillas.
 
Nos deshacemos de todo.
Y entonces, amanece.
 
El bosque besa el mar en su lecho.
El bosque es arena
y una hoja dormirá
como un navío extraviado en la marea;
será el susurro de una tierra lejana.
 
Todas las hojas se quedarán sin nombre.
No importa.
Es tan sólo el sortilegio del sol
que retiene el corazón de los dioses en su vientre de madera,
el paraíso encadenado con todas las puertas condenadas.
Sé que todas abrirían si supiera hilar la paja en oro,
descifrar el pentagrama de las arañas;
pero el fuego espanta a las bestias
y como no sé calmar el amor del fuego
seré la vela que se derrite de frío en el amanecer.
  

 
FOSA DE LAS DELICIAS
 
La luz es la ventisca del musgo en los limones,
las esporas desprendidas de un herbazal ronco,
la áspera dulzura de los marañones.
 
La mala costumbre de andar descalza en las madrugadas,
ha convertido mis pies en rastrojos.
He quemado mis uñas con los trinos de las piedras,
con las astillas de los gusanos.
Veo el caparazón  tierno de las arrieras
destilando miel del barro,
el nance febril en la saloma del bejuquillo,
el dulce aguaje de los colibríes
y las guayabas anidando el sereno de las cigarras.
 
Veo un corcel negro con crines de serpiente,
un gallo con dientes de ratón en la cresta,
una lagartija con alas de murciélago
y un cerdo con los ojos de perro.
Todos se precipitan a un foso sangriento.
 
Allí van a parar los árboles sonámbulos.
 
Estoy a unos pasos del foso.
Tengo carbón en mis manos,
saboreo el bosque muerto
macerado por las piedras
y los nombres de la lluvia.
 
Crecen erizos de macramé en mis labios
y me absorbe el espejo del fin.
 
Entonces puedo ver la fuerza calcárea,
crustáceos y adormideras
que habitan los fósiles del paraíso.
 
Del libro En un bosque donde todos los pájaros son llamas (2016)
 

 
      NIYATI
 
Te diré que podremos ser felices
Jorge Teillier.
 
Jhavier:
hilos se anudan en ti,
como una mantarraya tejida en la niebla.
 
La quebrada que transita el canto de la noche
tras la ventana de madera,
al toque de la luz,
olvida que es la lluvia perpetua
en su cadencia de sueño.
 
En nuestros rostros
hay florecitas secas que se han filtrado
por el techo de henequén.
Es cierto, nos quejaremos de eso,
pero el tiempo nos hará recordar con sonrisas ese rocío inexperto. 
 
Estamos aprendiendo a respirar,
y el aire nos asusta.
 
Siempre despiertas con el mediodía, Jhavier,
y mientras tanto
yo trato de empujar el reloj con la sombra del alba;
porque no es lo mismo la mañana salpicada de pájaros
que la mañana que brota con tu voz:
Caminaré descalza hasta columpiar el desnivel de una nube
para tratar de descifrar la silueta de una mujer que nos abraza.
Amanezco doblemente.
En mi vida el amanecer tiene nombre de sol
y también tiene tu nombre.
 
Cuando abres los ojos,
hay un sistema de pequeñas criaturas que nos orbitan:
los chiquillos que inocentes se lanzan del puente
a la quebrada transparente contaminada de mierda,
si despiertas,
simplemente son chiquillos sonrientes
con gotitas de agua que los protegen de todo mal.
 
Despertarás y se acabará esa pequeña muerte que nos separa.
Prepararemos el desayuno y los perros vendrán a escuchar
el Invierno Porteño a la puerta.
 
Despertarás y Rafael nos contará que en la madrugada
las vacas germinan como espuma en la calle, rumbo al cerro.
Y vos le contarás cómo el otro día levantaste
la sombra de un borracho que casi aplasta un camión de verduras.  
 
Los hilos no podrán romperse porque sostienen nuestro cuerpo.
Si se mueven podrían cortarnos,
y tajos de nuestro ser quedar retenidos en dimensiones extrañas.
 
¿Te imaginas?
Una parte de tu corazón me ama en una dimensión
donde no tengo ojos,
y tus ojos me aman en una dimensión donde mis manos
buscan semillas de girasol en tus cabellos.
 
Yo no sería capaz de amar nada más que un girasol en tus manos.
Tus manos me llevarían piedras de sol en su lugar,                                                                                                                                               
y yo lloraría porque creería que no me amas.
 
Me llevarás en la bicicleta muy, muy lejos,
hasta donde nadan los patos de cerámica
que graznan al vernos pasar.
Imaginaremos rutas donde nos persiguen zombis tiernos
y discutiremos si vale la pena escapar,
      o si mejor dejamos que nos devoren el corazón.
 
Me llevarás hasta ese matorral donde encuentras
esas flores que a veces se llaman novia de noche,
y otras veces galán de boda.
 
Ese es el juego de las noches, nuestro casorio nocturno:
buscar flores para colocar al lado de la cama,
todo se verá más hermoso
porque la luz amarilla embellece hasta el cansancio.
 
Al regresar, la casa estará abierta:
Cuando Dalys está feliz llena la recepción de flores.
Dalys y Steeven harán velas con crayones,
Princess Carolyn atrapará la flama,
y les escucharemos reír como niños traviesos
que descubren desnudos el oleaje de las hojas.
 
Nosotros seguiremos en lo nuestro:
Le harás reiki a MonaMonástica, le darás la cena a Breton,
haremos el amor en el río, en una mesa de billar con cocuyos.
Viajaremos hacia el fin del mundo en bicicleta.
 
Vivimos en nuestro Niyati.
Niyati significa destino.
 

 
LA TORRE DE LOS ALUCINADOS  
 
Ahora sólo somos nosotros:
tú, el perro y yo.
Vivimos en una torre abrazada por el Cerro Caraiguana,
donde la niebla alucina con la sinfonía de los insectos.
En el día los insectos son pájaros ataviados de flores.
El techo es tan alto como nuestros sueños.
Ahora el baño y la cocina son sólo nuestros.
                                                                      
A ratos extraño la ducha fría con vista al río,
los sapos que custodian el suelo
y bichos prehistóricos revoleteando las bujías.
A ratos me extraño caminando de espaldas hacia la ducha
por temor a ver una bruja en las ramas.
Bretón ladra a los ausentes,
y por eso nos sentimos seguros,
sus aullidos son un escudo inocente.
 
Más arriba, cerro La Pita.
Afuera, Génica y Teillier acurrucados en la alfombra de la puerta.
 
Una noche las cigarras buscaron refugio en la habitación.
No me dejaban dormir.
Encendiste la luz
y con mucho cuidado,
para no lastimarlas,
las echabas de la casa.
Tres veces lo hiciste,
pero eran muchas.
Entonces dijiste:
“La que canta se jode”,
y te hicieron caso.
Así supe que me amabas.
 

 
FERIA   
 
y en vez de frases de salón, digamos:
¡Por lo poco de vida que nos resta!
León A. Soto
 
 Se asentó un parque de diversiones en el pueblo,
pusieron lucecitas a ese terreno en donde orinan los borrachos frente a la parada;
las fritangas y rifas de peluches fueron la atracción de la semana.
Llegamos tomados de la mano, como dos niñitos extraviados.
Jugamos a los carritos chocones,
subimos a la oruga que era una montaña rusa
y nos desgranamos de risa con la brisa.
 
No pudimos tumbar ninguna botella
pero nuestros rostros dirían que sí,
que ganamos todos los premios sorpresa.
 
La felicidad es un tiquete de feria nocturna,
que reposa en la memoria baldía
de un parque de diversiones de feria
tan matado, Jhavier,
tan matado,
que era bello.
 

 
LA PERFECCIÓN DE LO FINITO
 
No, no ingiero drogas.
Desde pequeña sé intoxicarme sola.
Cristina Peri Rossi.
 
Cuando era niña le rezaba a Dios
para que el fin del mundo fuese pronto.
Había escuchado que a los niños
todos los pecados le son perdonados.
Me preocupaba que, si tardaba mucho,
sucediera cuando ya no fuera niña.
 
Fantaseaba con ser voluntaria
de un experimento espacial.
Consistía en que una vez alcanzada
una edad muy avanzada
me lanzaran en una silla de ruedas al sol,
y al menos, por unos segundos,
estar tan cerca de lo inmenso
que morir fuese el Todo.
 
Recuerdo que una vez
le comenté a mi mejor amiga de la infancia
que yo soñaba con ir a Saturno
y con un pequeño tenedor lijar sus anillos.
 
Jugaba a hacerme la muerta para que los ángeles vinieran,
y de ese modo,
lograr verlos con los ojos entrecerrados.
Nunca aparecieron,
a pesar de mis convincentes simulacros. 
 
También quería ser vulcanóloga,
ir a un volcán en erupción,  
recorrer con la mirada los ríos de lava
y contemplar ese otro sol,
el centro del mundo.
No me importaba si me costaba la vida
como a la pareja de fotógrafos Krafft.
 
Dejé de ser niña y el mundo no se acabó.
No engañe a los ángeles ni a la muerte.
Nunca me reclutaron para mi proyecto espacial,
en su lugar enviaron a la sonda solar Parker.
No obstante, sigo escuchando los discos de Saturno,
y guardo un tenedor-lija para rayarlos un poquito,
porque una nunca sabe si llega el día.
 
No he visto un volcán en erupción,
pero ahora vivo en el cráter de uno,
lo recorro en bicicleta,
he llorado en sus ríos,
y he visto pájaros tan vivos como el fuego,
orquídeas que abrazan el aire,
mariposas tan azules
como lava del volcán Kwahj Ijen.
 
Ya no rezo, salvo por nostalgia.
Ahora sé que cada día se acaba el mundo
y vuelvo a ser la niña que puede salvarse. 
Aprendí a ver la perfección de lo finito.
 
Del libro La perfección de lo finito (2018)
 

 

Alessandra Monterrey Santiago (Panamá, 1989). Poeta, cantora, declamadora, actriz.

Co-fundadora del proyecto artístico “TigreAzul LaberintoRoto”.

Autora de los poemarios En un bosque donde todos los pájaros son llamas (2016), Me ilumino de inmensidad (2017), La perfección de lo finito (2018), y el libro de relatos El karma de lo mutante (2018), los cuales han sido premiados en concursos nacionales.

 

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