Corina Rueda Borrero | TAL VEZ ME CREYERAN

Comparte:


 

DÍAS
 
Hay días
en que quiero fumarte en el borde de las sombras,
preguntarte por el tiempo,
los relojes en reversa,
o por las nubes naranjas donde veo el incendio de tu boca.
 
Hay otros
en que quiero construir una puerta entre las sábanas
para salir a la infinita perfección de tu pecho:
camino mojado y tembloroso hacia tu rostro
donde encuentro respuestas a los túneles fatuos
que me llevan al origen del cielo.
 
Los hay también
en los que te echas a mi lado y cuentas secretos,
me hablas de la agonía del verano cubierto de cera,
sobre las ensenadas perdidas en sueños-pirata,
de la necedad de la rutina
las pocas cosas                       las tantas nadas.
 
Esos
en que hasta la relatividad es convexa
porque el espacio se ha esfumado.
 
Días como hoy,
donde te espero ansiosa contra el golpe de las horas,
sin voz que fluya desde mi garganta muerta,
impaciente por llenarme la boca con tu jugo de luna.
Desaparecernos.
 
Días como este,
cuando brotas desde el medio de la noche:
deshaciendo los nudos,
comiéndote a la muerte,
floreciendo en el desierto de mi cuerpo empapado,
enlazado a mi vientre en un cordel de arena,
donde caemos juntos
en aguaceros
de guayaba y semen. 

 

De Ayer será otro día (2018)

 


 

FALSEDADES
 
Tú te niegas a abandonar esta casa,
 
sientes que la casa está llena,
pero la derrumban los reflejos
desde la oquedad del viento.
 
Hay espejos
que no nos devuelven el pálido verde
de lo que una vez fue nuestro cielo,
 
y con el exiguo cielo caen los cuadros de Rembrandt,
es decir,                      las copias,
porque todo lo que habitamos y nos hartaba
era falso.
 
Hasta el perro se fue mordiendo la cerradura,
solo quedan números encima del calendario,
 
vamos serios
partiéndonos la espalda,
haciendo criaderos de mosquitos en la cintura,
con deudas y platos sucios,
 
desde aceras distintas,
tocando las arterias sin sangre y sin fuego
para arrancar
poco a poco
las heridas.

 

De Ayer será otro día (2018)

 


 

AÑO NUEVO
 
 I am a collection of dismantled almosts.
Anne Sexton
 
 
Después de tanto trecho recorrido, risas obtusas a pleno canto,
manzanas medio mordidas y raíces cortadas sin anestesia, ¿qué más da?
 
¿Qué más da si ya todo lo hemos dicho?
Si todo lo hemos construido sin estar presentes
y nada dura en la distancia de los cuerpos que no se extrañan.
 
¿Qué pasa si no estamos dispuestos a tener miedo,
si el año trascurre sin tocarnos en la cama
o si los demás se enteran que somos pínceles coloreando zonas distintas?
 
¿Qué hay después de tanto abandono?
Tal vez tus mejillas explotadas sin mi presencia
o quizás los platos tirados en la alacena.
 
Escamas en el piso, busto de peras,
yo aun intentando pegar los vidrios de la casa rota,
de esa casa que no existe porque vivimos separados
y que me invento para construir utopías.
 
Dime, amor,
¿cuándo marcamos en el mapa los puntos rojos?
 
Háblame sobre la desgracia de dormir en esta fecha a solas
en un colchón pelado y con el alma emputada,
queriendo esconderme en el sótano.
 
Dime, si es posible y contra todo pronóstico, si hoy debo tener esperanzas,
si es que hoy te olvidarás de mis anticonceptivos
y tus traumas en coger amando
o si mejor me guardo las molestias junto a mis uñas en esta ciudad de plástico.
 
Ya no me hagas aguantar los gritos,
dime si pasando las doce habrá algo más que fuego en el cielo,
si me trago las preguntas junto con las dudas
o me tomas para renunciar a todo.

 

De Ayer será otro día (2018)

 


 

PERDÍ. APRETÉ. MORÍ
 

Para Anaika y Aira,
que al igual que muchas fueron calladas.

 
 
Perdí el pulso sobre lo que restaba de mi mano,
en ella una vez atrapé la virginidad de la madrugada
sin pensar que entre sus brazos callaría en segundos
con cuchillos rasgando el amor de mi madre,
como basura flotante en el camino hacia el infierno.
 
Perdí el exceso de miedo que golpeaban más que su ira,
me perdí a mí misma,
renací ahorcada y casi violeta,
oscilando en el borde de los días en que me partían
y solo me asomaba en gajos de mandarina agria.
 
Apreté los puños con la palabra “perra” colgando de mi falda,
con un “no” pasmado en la sombra de una boleta,
sin mi cara y con una foto de portada en los diarios,
en una jaula de vacíos, cenizas y huesos.
 
Apreté fuerte,
no quería perder la magia con la que le hablaba a las flores,
apreté a la vida, te digo, la apreté fuerte,
la estreché entre mis alas por 34 minutos
y la vi partir hasta llevarse mis huellas en hados de sangre.
 
Morí muerta,
nunca tuve muy abierto los ojos,
extrajeron de mí el caminar de los soles
y gracias, a que alguien me quiso tanto,
me ahogaron en lagunas tintas
antes de escapar por la puerta.
 
Morí aquí,
en este instante,
en nombre del amor retorcido y cubierta de polvo,
morí sin saberlo,
por la justicia y los recuerdos tontos,
morí tantas veces,
sin voz y quemada, entre luz y barro,
sin garganta y en silencio, con la cola mutilada,
morí sin mí,
morí sin nada,
nada,
nada.

 

De Insoportables (2018)
 

 

TAL VEZ ME CREYERAN
 
“Hermana, yo sí te creo.”
 
Nunca entenderás que mi cuerpo era un cuarto cerrado,
jamás escuchaste los “no” que pronuncié con insistencia
o que mi voz se apagaba mientras rasgabas mi blusa
y mi espíritu recorría esqueletos entre flores marchitas.
 
Cada uno de mis espacios está atosigado,
me restriego para expulsar las escamas de tus restos
y este hedor a vergüenza que no desaparece
y descansa sobre mí
como años envejecidos en los oráculos de un parte
donde me veo en mayúscula cerrada
sin que la intimidad me pertenezca.
 
Tal vez, la muerte hubiese sido mejor aliada,
el delito estaría marcado en la habitación roja
y no tendría que dar explicaciones en un juzgado
que me exhibe como otra cifra sin paradero.
 
¿Y si mi vida valiese?
Si fuese un coche robado o una cuenta bancaria
mi vida no sería ceremonia de limosnas,
tal vez me creyeran
y crecerían de mi cuerpo desbaratado
ramas verdes exprimiendo olivos.
 
Ahora, nada se me es permitido,
mi apellido es la renuncia de todos los estragos,
hay minotauros que me persiguen
y tu voz aún se desliza por la noche
como una pesadilla que me cose golpes en seco,
gangrena mi vientre
y no quiere saber de otros nombres por el recuerdo.
 
Si aunque sea hoy,
un pedazo de mí aún guardara la sangre
que de mi derramaste al entrar a la fuerza,
o los restos de tu piel entre mis uñas mientras peleaba,
o los crujidos de mis gritos atorados en mi pecho,
si no hubiese querido arrancarme la vida después de esa noche,
si no hubiese querido inmolar mi alma,
tal vez, hoy, me creyeran.

 

De Insoportables (2018)

 


 

[3]
 
Despierto con cráneos alumbrado el pasillo de la muerte,
hay tumbas con los nombres de mis hijos,
aquellos que tiemblan cada mes
en la sangre que se cuela de mi vientre podrido                                          
y el útero que engaña la piel que aún no me cuelga.
 
Veo trazos de mí decorando la alcoba,
se confiesan como mi única compañía,        
y me ven triste,
degollando luciérnagas que pretenden alumbrar
las maldiciones dejadas a medio camino.
 
Nunca quise creer en diferencias,
los huesos son marcas de desafío heterogéneo ante la vida.
 
Vida,
así le dicen a lo que no se ve muerto,
 y a esas partes mías que deseo paralizar
para que no crezcan.
 
¿Y qué es crecer? ¿Qué lo alimenta?
 
¿Por qué me mienten o me obligan?
 
Nada hay para brindar a los ancestros.
 
Hasta aquí ha llegado mi apellido…
  
De Las paredes no acaban (Inédito, Segundo lugar de Premio Municipal de Poesía León A. Soto 2019)
 

 
[5]
 
“Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada.”
Alejandra Pizarnik
 

El infierno
puede ser un aguacero de palos y hojas secas
que maltratan mis huesos.
 
Ese infierno también lo puede ser mi cuerpo,
o ser yo.
 
Ser yo con mi cuerpo de veinte años
sin saber más
que lo que se castiga hacia el retorno.
 
También lo puede ser la poesía que se moja
o lo que queda de esta cueva donde se olvidan ofrendas
y se entumen profecías sobre el devenir de escarabajos.
 
El infierno es un lugar,                                                        es cierto,
pero ese lugar no posee nombre más allá que el que conmigo llevo.
 
Ahora, veme aquí
en una jaula,
de mí aún brota sangre cada mes
y me lleno de ternura,
¡qué importa si mis huesos duelen!
¡qué importa si no tengo con quien jugar por miedo a los monstruos!
 
Pausa…                     
No hay puertas que separen la lluvia que me atrapa.
Los crucifijos se han atorado en la magnitud de mi pecho.
 
Pausa…
La ausencia me ha rechazado           
y me sepulta bajo la pared rasgada
como si mis ojos
no
dijeran nada.

 

De Las paredes no acaban (Inédito, Segundo lugar de Premio Municipal de Poesía León A. Soto 2019)

 


 

[9]
 
He zurcido espinas en mi vientre.
No quiero que la ciencia me engañe con remedios
y prefiero sepultar mis deberes en gajos de fruta rancia.
 
Pasé tanto tiempo huyendo de mí misma,
pero luego de enterrarme con mis propias uñas,
soy consciente que no me pertenezco.
 
Soy en realidad esa cueva a la que temo,
en su lecho me espanto
y escarbo sin encontrar el fondo
donde se descomponen mis intenciones
entre comején y cucarachas.
 
Ellas ahora se convierten en mis pretextos,
las veo secarse en una bahía
donde he dejado las sensaciones que una vez me reivindicaron,
pero hoy solo saben cubrirme en un enjambre de ofensas
anunciando la hora en que mi cuerpo sea arrojado
a la mazmorra
de aguas hirientes.
 
Me sumerjo en el punto exacto de las sombras,
me abrazo a la podredumbre correspondida
y decido voluntariamente renunciar a la luna
porque no pretendo luchar por su alcance.
 
De todas formas,
hay rasguños cercenando mi espalda,
le atribuyen memoria a mi violencia,
se hacen opacos con el frío que me recorre
y desalojan las crónicas de mis muertos.
 
Hay manos rodeándome el cuerpo,
una parte mía insiste en que debo confiar para curarme,
pero las cadenas halan mis miedos,
y me contemplan entumida en el incendio de la noche.

 

De Las paredes no acaban (Inédito, Segundo lugar de Premio Municipal de Poesía León A. Soto 2019)

 


 

Corina Rueda Borrero (Ciudad de Panamá, 1991). Abogada feminista, escritora y activista de derechos humanos. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño 2017, con Ayer será otro día, y Segundo Lugar del Premio de Poesía León A. Soto 2019, con Las paredes no acaban. Adicionalmente publicó su poemario Insoportables bajo el sello editorial salvadoreño ‘La Chifurnia’ en el 2018.

Su trabajo poético ha sido traducido al árabe, inglés y francés, y en conjunto con sus artículos de opinión y cuentos ha sido publicada en diferentes antologías, revistas, periódicos y blogs de América Latina, España y Marruecos. Desde el año 2015 es columnista de la Revista Centroamericana Casi Literal.

Como activista aboga por la igualdad de género, la democratización de la cultura y el empoderamiento ciudadano contra la corrupción y las desigualdades. Por su labor recibió en el 2018 el Reconocimiento ‘Joven Sobresaliente’ por su contribución a la niñez, paz mundial y Derechos Humanos.

 

Síguenos