Jaiko Jiménez | SELECCIÓN

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VERSOS DE LA CASA DE LA INFANCIA
(POEMA I)
 
Mi infancia está regada entre rincones devorados por el tiempo,
soledades dispersas por una casa que ya no existe;
mi infancia es un lugar que no encuentro;
¿acaso fue, alguna vez acaso, en los aviones de papel quizá...?
 
Hoy solo quiero decir,
decirme,
invocar palabras a modo de salvación;
justificar la levedad de mi existencia
reconociendo que no hay libertad posible;
pero mi condición de hombre me anuda la garganta,
y es inevitable el precio a pagar por los silencios pasados.
 
Debo confesar que no hay un recuerdo distinto
del de mi cuerpo tirado en una esquina desde la cual se ve pasar el mundo;
y qué es el mundo sino un montón de imágenes extrañas que pasan frente a ti
sin siquiera notar tu existencia.
 
¿Será que en verdad estoy,
aquí, conmigo,
existiré de veras?
 
¿Acaso seré yo mismo otra imagen extraña que pasa también frente a los ojos de un niño que no conozco?
  

 
VERSOS DE LA CASA DE LA INFANCIA
(POEMA IV)
 
Todo afuera es un lugar que no conozco,
no sé si la economía crece o cae en picada,
aquí nos defendemos con las uñas,
tenemos la mirada llena de pan
y en la barriga una esperanza.
 
Aquí cada día es un misterio,
una espiral sin fin de posibilidades,
un transitar sin zapatos sobre veredas de angustias y glorias.
 
Vivimos con la puerta cerrada para que no moleste nadie,
miramos la novela de las ocho,
hablamos de los lujos de los ricos,
y nos acostamos a morir.
 
Esta noche no hay abanico y toca  sudar un poco,
es decir, bastante.
 
Mamá me echa fresco con un pedazo de cartón,
y mientras duermo,
sueño que vivimos en el norte
y sueño también que hace frío.
 

 
VERSOS DE LA CASA DE LA INFANCIA
 
(POEMA XI - NOSTALGIA) 
 
 
(A la señora Murriel, in memoriam…)
 
 
Si tan solo pudiera esta noche irrumpir en el tiempo
y abrir esa cortina gris que nos separa de los fantasmas;
pero pasa que tú no eres un fantasma
y pasa también que no existe el tiempo ni hay una cortina gris.
 
Nostalgia hay,
el deseo de despertar un día y verte allí
sentada en tu mecedora vieja,
sí, en tu mecedora, vieja;
vistiendo esa bata de flores azules
y una sonrisa desgastada.
Tú sabes muy bien lo qué es el tiempo, Murriel,
tu sola mirada me hablaba de su furia.
 
Quisiera de vez en cuando tocar a tu  puerta
y decirte que los enemigos de los sueños se han ido,
que aún hay pan para la hora del hambre,
y que permaneces intacta en los recuerdos.
 
Decirte de una vez por todas
levántate, 
es domingo
y afuera llueve.
 
En cada lluvia creía poder verte.
 
Era como si la lluvia fuese tuya,
como si fuera tu voz.
 
La lluvia siempre fue ese espejo triste
en donde buscabas tu rostro.
 
Te fuiste una noche detrás de la lluvia,
oculta en la niebla de mi sueño más pesado.
 
Te fuiste
para habitar en una patria silenciosa;
sin temor a los monstruos bebedores de sangre,
quisiste irrumpir en la lúgubre morada de los muertos.
 
Se acaba mi infancia de golpe,
y de pronto
todo duele;
todo se acaba,
todo corre tras de ti,
mujer de muchas sombras.
 
Todo empieza a diluirse irremediablemente;
solo queda la dureza de tu ausencia,
y tu nombre,
solo tu nombre que invocaré a la hora del olvido.
 

 
VERSOS DE LA CASA DE LA INFANCIA
(POEMA XII - LA CASA NO CAE)
 
 
La casa no cae,
aunque se haga polvo y ceniza.
Aún cantan los pájaros desde el tejado,
todavía se encuentran ojos en las ventanas.
 
La casa no cae aunque le prendan fuego.
Aún ladra el perro del vecino;
el vecino, el perro, los ladridos…
Aún hay vida dentro de la casa.
 
La casa no cae aunque le entren a  martillazos,
aunque tiren abajo la madera ya podrida;
aunque nos echen a todos
con solo dos monedas para el camino.
 
La casa no cae
porque tiene alma,
porque todos aquí somos de piedra
y estamos hechos de sol;
por eso no cae la casa,
porque la llevamos en el pecho,
aquí nos arde, nos muerde,
no cae.
 
La casa no cae
porque hay un niño que juega con su trompo de platillo y clavo,
porque aún hay memoria para el abuelo y sus cuentos,
y porque no se ha rendido nadie,
la casa no cae.
 
La casa no cae porque aquí nadie ha caído,
porque la casa tiene sangre y se echa a andar,
porque todavía los domingos se come arroz con coco,
se escuchan los combos nacionales
y se habla más inglés que español.
 
La casa no cae porque somos fuertes,
porque la chomba pelea por sus pelaos,
porque se reza a primera hora
y a la segunda se trabaja.
 
La casa no cae,
permanece intacta,
estoica la casa
sin agua y sin luz.
 
La casa no cae porque tenemos dignidad
y, aunque la hierba se coma el recuerdo,
siempre le queda algo a la nostalgia.
Es tan pequeña la casa que no se pierde nadie.
 
Llena de gente que como puede se acomoda,
dormimos tan pegados que hasta el sueño se comparte.
 
Aquí todo es muy simple,
nos alegramos con tan poco,
a diario sacudimos el miedo y salimos a vivir;
juntamos nuestras manos
y cada día damos gracias
por habitar en una casa,
que no cae.
 

 
BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE COMÚN
(POEMA XX)
 
 
Devuélvanme la voz,
los zapatos,
la sola mirada con la que a veces creía poder alcanzar a los pájaros de la libertad,
y las manos, la ilusión del tacto, de la cercanía.
 
No cabe aquí otro silencio.
 
Empiezan a brotar quejidos como lava,
saltan desde la otra parte de mí y todos corren.
 
Es la hora de escapar,
la hora de los prófugos.
 
Las cárceles se han desvanecido,
y el juicio y el poco orden que quedaba.
 
También ha volado la última esperanza que hace solo un momento poblaba los bordes
y me invitaba a la inserción en lo gregario.
 
¿Dónde estás?
¿También tú te has embarcado mientras dormía?
 
Te has ido sin decir adiós, ni a dónde, ni buena suerte,
ni hasta luego.
 
Busco una puerta que se abra a alguna parte;
entrar o salir, qué importa,
no quiero perecer aquí.
 
No quiero podrirme en la inmovilidad, la impotencia;
no quiero morir a la orilla del encuentro.
 
No, no quiero.
 
Tan solo busco luz,
abrir los ojos y sufrir su incandescencia,
reconocerme allí en frente de mi sombra.
 
Y a cada yo,
y a cada porción de lo palpable.
 

 
BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE COMÚN
(POEMA XXII)
 
 
No he de caer.
 
Allá en el fondo hay bocas que esperan por mí.
 
Desesperadas me reclaman para su hambre.
 
Es la hora de huir,
la hora de la única partida,
de salir volando en una nube triste.
 
Se han acabado las treguas,
he visto perderse en el horizonte la última piedad,
el cuerpo marcha a la dureza del sepulcro,
y la noche se ha bebido la última esperanza.
 
No, no he de caer.
 
Mi cuerpo demolido no soporta ni la brisa más liviana,
cualquier caricia ha de lastimar mi carne, mis huesos;
la mirada más tierna me hace trizas.
 
Quiero vivir, quiero disgregarme entre los matorrales,
habitar entre las fieras,
rajar el cielo cual relámpago en bifurcación,
brotar a la hora del silencio, una vez más,
conocerme y reconocerme.
 
No quiero ser más la sombra de mi sombra,
la hoja errante que seca se pierde en el anonimato.
 
Abrir esa puerta quiero, quiero palpar,
quiero ser un poco más que nada,
 y quiero.
 
No, no he de caer.
 
He de ocultar la piedra que soy,
el ave que soy, la risa que soy,
la lluvia que soy.
 
Me he de salvar por vez primera,
permaneceré oculto
detrás de este cuerpo ajeno,
detrás de esta piel ajena,
de este dolor ajeno,
sufrido por el otro yo que soy,
y por mí.
 
Pero no he de caer.
 
En el momento más absurdo
abriré las alas de par en par,
a la hora en que el verdugo duerme,
y volaré como lo hace un poema,
hacia el lugar del encuentro,
de la comunión del cuerpo con su sombra.
 

 
BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE COMÚN
(POEMA XXXVII)
 
 
Entero mi cuerpo es una tumba,
un féretro dentro del cual estoy yo
tristemente despojado de mí.
 
Muerto, bien muerto,
bastante muerto ya desde hace mucho,
muerto ya de olvido, de polvo y de ceniza, muerte.
 
Nadie se incomoda al escuchar mi nombre;
los muertos ya están muertos,
ya no dicen, no molestan.
 
No dicen préstame un dólar,
pásame aquel libro,
qué tal me veo.
 
No dicen tengo hambre,
tengo frío, quiero un cigarro.
 
He conocido la muerte de a de veras,
y no hay más que hacer,
demasiado tarde para siempre,
para siempre demasiado tarde.
 
Todo yo me he vuelto ausencia,
todo yo me fui.
 
Muerto, bastante muerto y enterrado,
con mi camisa de flores,
lágrimas,
elogios.

 


 

Jaiko Aquilino Jiménez Caín (Panamá, 1994) Licenciado en Comunicación Ejecutiva Bilingüe por la Universidad Tecnológica de Panamá y Magister en Docencia Superior por ISAE Universidad.

Obtuvo el primer lugar en el Concurso Universitario de Poesía 2016, convocado por la universidad de Panamá, con su poemario Versos contra el olvido.

En el 2015 sus trabajos Versos de la casa de la infancia y Sentir de un hombre común fueron premiados en el concurso nacional de poesía León. A. Soto.

En el 2017 publica su primer libro de poemas llamado ‘’Dos edades en la biografía de un hombre común’’.

En el 2018 publica “Contra el olvido” con el respaldo editorial de la chifurnia, El Salvador.

En el 2019 gana el concurso nacional de poesía joven Gustavo Batista Cedeño con su obra “Vagando entre oscuros laberintos”.

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