Ariel Romero Hernández | SELECCIÓN

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I
 
Las despedidas se acumulan en libros desolados.
La reiteración de lo que ha acabado subsiste en pequeñas gotas de lluvia
que son deidades, máscaras quebradas, pasadizos tétricos,
cucarachas que vomitan noche en los callejones,
algún habitante que derrama su sangre como una tormenta que arrasa con tus pasos;
aquella mirada de la tierra que es un cielo que perdió sus pies.
Ahora lloras la partida de quienes han besado tu rostro,
y lo sagrado del ayer remueve sinfonías de mariposas negras que callan en las paredes.
Tomamos su alfabeto, acariciamos la historia de sus vuelos con la lluvia, tocamos su fe alada que sólo es una profecía de lo imposible.
¿Cuántas veces retomamos la inmortalidad que yace como un cadáver en el silencio más hermoso de la madrugada?:
La lágrima que cae tras la ventana, seres que vigilan las esquinas,
el frío que explota sobre las ánimas.
El final irremediable; callejones abandonados por sus nombres, la ciudad triste que los árboles esconden,
el barrio pobre con su túnica de polvo donde empezaste la ruta: más allá está un niño con una pala,
cavando los regresos.
 

 
II
 
La Muerte es una repetición de lo constante.
Lo constante es el infinito,
y el infinito es la madrugada que se extiende
como una espada de hielo entre los edificios.
La Ciudad es funesta porque tu nombre se ha ido.
Ni siquiera el silencio se atreve a posar sus alas en su seno.
Tu nombre se ha escapado hacia las montañas longevas.
Ahí las luciérnagas erigen sus lamentaciones
con la noche taciturna, con el río mudo y toman la forma de la montaña
como la señal de auxilio de un país triste que el cielo va engullendo.
Los muertos saloman entre los bejucos.
En esta noche se está ciego
y de alguna forma los sonidos tropicales son el idioma
del amor perdido entre el rastrojo.
Está tu rostro con el signo de una palabra explosiva.
Los merachos lloran sobre las aguas donde tu espíritu se hunde.
Las luciérnagas susurran el secreto angelical que crece en la montaña.
Los hombres del otro lado del río están tan vivos como tu muerte
y la lluvia perdida no regresará para acariciar sus sombras presidiarias.
Estás en la inmensidad, ya ni la penumbra resiste tu silencio.
Todo ha acabado:
Los caminos de tierra te dan la palmada definitiva,
el río es mudo,
la montaña es un haz de luz que las luciérnagas profesan,
los hombres perdidos levantan tu hogar de madera y cruzan el río del nunca jamás,
los duendes inclinan la cabeza,
la montaña emite el último lamento,
Dios calla y a veces sonríe;
los hombres cruzan el río con tu hogar a espaldas,
con la certeza mortuoria de que el río los condenó a la lejanía.
 

 
III
Traigo mi corazón en un pote lleno de lodo.
Vengo de las montañas secas
en una noche helada con las venas pobladas de luciérnagas.
Las sombras blancas anuncian mi llegada.
Las moscas de las noches me entonan el canto de la Salvación.
La Ciudad está vacía de la luz cóncava;
dicen que han escuchado tu canto
desde la nube negra del mortuorium.
……………………….Camino:
Mi corazón está a la orilla de la última tarde.
Los duendes de los tendidos eléctricos me dicen que me desvanezco.
Ya no hay lágrimas
que destruir en las calles del presidio.
Te han condenado a vivir en la raíz de un árbol muerto.
La ciudad se “cancerigenó”:
Los faroles se han ido.
 

 
IV
Soy el demonio que arrojaron del cielo,
el que siembra flores en las alcantarillas,
aquel que se posa bajo los faroles de la ciudad lastimada por la lluvia.
Fantasmas de la noche cuyo credo
es un crucifijo de líquenes venenosos echan suerte por mi alma.
Camino por veredas pedregosas tratando de sacar los gusanos
que se precipitan en mis ojos.
Mi cabeza explota como si fuera el último atardecer de la tierra;
los pájaros que levitan en los tendidos eléctricos recitan tu nombre como un obituario.
Soy el demonio que arrojaron del cielo
hacia tu orbe de aguas negras,
la magnificencia del dolor impoluto.
Perezco………..resucito
me destruyo….me redimen
y vuelvo con las manos cortadas.
Le grito a Él tu nombre,
le dibujo tus ojos en forma de grafiti en las azoteas de los edificios.
¡No me escucha!
Entonces me olvido de la calamidad,
del eco de los árboles
que abruma a los cielos;
olvido la eternidad con su lenguaje de huesos secos
descifrando códices en mi pecho.
Es fácil olvidarse de la eternidad
cuando no percibo tu sombra en las cantinas pulcras de la divinidad humana.
Fui arrojado del cielo con la última luz
que parpadeaba en el centro de mis manos.
Aún levito en el farol seco
donde me encontraste herido por mis fuegos.
Soy demonio….asesino
Fugitivo……….mal consejero
enemigo de las muchedumbres.
Fui arrojado del cielo para encontrarte.
(Silencio de Dios mirando con mala cara)
 

 
V
 
En una parte secreta de la Ciudad
camino por un callejón de lodo.
Mis pasos se hunden,
mis zapatos están sucios de una tierra callada.
Mis pasos no son pasos sino rastros
y he dejado en cada uno el susurro de nuestras voces
hasta que otros pasos de otros hombres lo borren hasta el infinito
y los faroles entonen el cántico de las calles fugitivas.
Siempre podré volver a ese callejón,
encontrarnos entre la tierra mojada,
entre sonidos de luciérnagas y canticos gusánales.
Rebuscar en ese callejón nuestro mito,
nuestra leyenda de ojos cortados,
nuestra profecía de muerte que nos unirá más.
Reinventarnos en el punto exacto del génesis,
dejar allí la última palabra de nuestro idioma.
 

 
VI
 
Hay un silbido errante que transforma tus palabras
en caminos perdidos,
en mariposas que dibujan su vuelo final,
en casas donde las paredes de cemento atestiguan el rito del frío;
finales duraderos que la lluvia canta en las ventanas.
Siempre vienes de lejos arrastrando tu sombra que te hiere,
como un fugitivo que no alcanza la soledad en ningún lado.
Fuiste furia, y tu mundo convierte a los muertos en voces
que surcan el acústico de las lejanías y llegan a la ruta sencilla;
un valle de huesos secos donde por fin se cierran todos los ojos del hombre: habitantes de sombras descarriadas.
El silencio es una ciudad muerta,
de escombros pálidos donde la única música
que existe es el golpeteo del viento entre las puertas.
Estás aquí con la lluvia;
un ave que ya no encontrará el sentido del vuelo,
y no volverás jamás a sembrar un árbol,
ahí donde naciste,
en el patio abandonado,
en una tierra donde está la sed.
Sientes que el viento se va,
el frío es el largo aullido sobre los árboles,
los nombres de la niebla serán las abadías del escape.
 
 

 
VII
 
La larga calle
es una hecatombe de lodo y piedra,
donde los árboles son profecías que quiebran la historia de los hombres;
una música que corta el infinito
y toca a la muerte bajo el solitario peso de una lluvia que se teje en sus ojos.
Veo en esta calle sombras atadas a los portales de las casas,
recubren sus rostros del viento
que es un ser de sangre que lleva tatuados los días eternos sobre sus alas.
A lo largo de la calle contamos las piedras
como un rito que nos protegerá de la tristeza;
y la lluvia se sostendrá de las lágrimas que son criaturas
que trastocan el universo.
Entonces el silencio renace en los escombros. 5
 
La larga calle,
las piedras,
el lodo en los pies,
el hambre,
nuestra infancia,
El fin:
el sonido del aguacero que nos muestra lo irremediable.
 
 

 
VIII Poemas cortos
 
  1. Cuando la vida nació, nació despidiéndose, escribiendo finales entre las edades.
 
 
  1. Llueve,
    es una recurrencia de lo insólito.
    Hay un frío que hace explotar nubes,
    destruye un silencio que se vuelve polvo
    y que desaparece en árboles sin nido.
    Sólo son una constelación de cosas apagadas.
 
 
  1. Los faroles sostienen la noche.
    Una ligera llovizna camina como un hombre cantando décimas desgarradoras.
 

 

Ariel Romero Hernández (La Chorrera, Panamá, 1985). Escritor panameño. Con su poemario Los faroles sostienen la noche ganó el concurso Gustavo Batista Cedeño 2015; con Los hombres de la tierra obtuvo un segundo lugar en los premios del Instituto Panameño de Estudios Laborales (2016), y con Niñez de aire entre la piedra ganó el segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía León A. Soto (2016). Poemas suyos han sido publicados en la Revista Literaria La Maga de la Universidad Tecnológica de Panamá y en plataformas literarias como: Letralia Tierra de Letras, Revista de Literatura y Arte LP5 y Más allá de la cortina.

 

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